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José Arias Pereira PDF Imprimir E-Mail

NIEVA

Nieva.
Nieva y tú no estás.
Y no estarás
y el frío permanecerá
como un epitafio en su lápida,
como un testigo de Jehová
por mucho que lo despaches,
como la osadía de
un niño perdido en Nunca Jamás.
¿Recuerdas,
recuerdas cuando dije
somos como dos copos de nieve,
y tú respondiste, más como un
gancho que como una réplica,
que cada copo es único?
Nieva.
Nieva y tú no estás
Y no es noticia que no estés,
sino que nieva donde la Alhambra.
¿Y de qué me sirve “la Roja”
vestida de blanco
si tú no estás?
Y aun así no quiero que deje de
nevar para que se te hiele el pulso
y vengas de nuevo a manos
de tu maestro relojero.
Eras un mecanismo perfecto
hasta que perdiste mi rueca,
mi yo, mi pieza.
Por mucho que nieve.
Nieva.
Saldré a lamer copos de nieve
hasta olvidar tu saliva,
tu sonrisa, tu dentina,
tu derretirme en tu boca.



TRAS LEER A BOLAÑO SUCEDEN COSAS EXTRAÑAS

Esta mañana me presentaron a Luis Medeiros. Le pregunté si era portugués y me dijo que no, que en realidad ése no es su apellido, que se lo cambió porque se enamoró de María de Medeiros y de su barriguita en Pulp Fiction, y yo le dije que me parecía una soberana estupidez cambiarse de apellido por eso. Se puso a reír como un loco, creía que era una broma. No lo era. Ese Luis Medeiros llegó a Granada hace dos años porque alguien le contó que no se vivía mal en la ciudad. Por lo visto no hace nada, no trabaja, no estudia, nada. Le pregunté cómo vivía, entonces, y me dijo que mendigaba o que practicaba sexo por dinero. ¿Eres un puto?, le pregunté, y él me miró y volvió a echarse a reír como antes. No bromeaba. Creo que me ha caído mal, pero aún no lo sé. Mañana lo sabré. Yo creo que nunca sería capaz de vivir a cambio de sexo, aunque ahora que lo pienso es lo que he estado haciendo estos últimos meses en casa de Olivia. Pero a Olivia le gusta follar conmigo, y creo que le gusto. Hace dos días, después del segundo polvo, después de que se corriera, después de que me clavara las uñas y me dejara marcas de medias lunas en la piel, se me quedó mirando muy fijo, justo a los ojos, y se lo vi escrito en las retinas. Vi las dos palabras como si se las hubieran mecanografiado con una máquina minúscula, y entonces sonrió y colocó la lengua bajo las paletas en posición interdental para pronunciar la t, y entonces la besé como si fuera francés, y le metí la lengua hasta el fondo y noté el calor de la suya, que me evitaba en una especie de juego. Así se le olvidó. Tengo miedo de que se acuerde un día de estos. Después de conocer a Luis Medeiros fuimos con él al Triunfo y nos sentamos en corro cerca de unos perro-flauta. Los perro-flauta son lo peor, al principio hasta parecen interesantes, pero al cabo de unos minutos, si no están borrachos te das cuenta de que tienen piojos del tamaño de uvas pasas. Marion sacó un libro de poemas de Bukowski y empezó a recitarlo con voz muy suave, como ella sabe, pero decía palabras sucias y guarradas y tacos, insultos y palabrotas que me pusieron palote. Creo que se dio cuenta, porque dejó de leer y se sentó encima de mí. Lo hace continuamente, se sienta encima de cualquier tío como si fuéramos sillones, y no le importa que tengan novia o que sea con el que folla su mejor amiga. Olivia nos miraba y no decía nada, ella no es celosa y menos con Marion, pero lo que no sabe es cómo apretaba el culo su mejor amiga. Creo que tardé dos minutos en venirme. Luego me puse triste. Pensé en Olivia, en cómo nos miraba y sonreía, pensé en Luis Medeiros, que tenía que hacer de tripas corazón y poner la polla o el culo o lo que se presentara para poder comer, pero lo que más triste me puso fue recordar a Marion leyendo a Bukowski. No hay cosa más triste en el mundo entero.

Jose A. Arias Pereira, 20 años
 

 

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Textos noveles

Algunos ejercicios prácticos elaborados por los participantes en los talleres de narrativa y poesía de la Escuela de Escritores Noveles.
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